El detective Nery y su tránsito por el homicidio urbano. Sobre Estación del crimen (2025), de Mauricio Yáñez
Buena parte de los escritores que han incursionado en la ficción criminal aspiraron a condensar su universo y su estilo en un detective que protagonizara, si no todas, muchas de sus historias. Edgar Allan Poe lo hizo con Auguste Dupin, Sir Arthur Conan Doyle con Sherlock Holmes, Agatha Christie con la Srita. Marple y Hércules Poirot, Georges Simenon con el comisario Maigret, Michael Connelly con Harry Bosch, Élmer Mendoza con Edgar El Zurdo Mendieta, etcétera. En la obra de Mauricio Yáñez (Ciudad de México, 1965), ese detective es Nery, Marcelo Nery Rangel.
Estación del crimen (2025), el libro que hoy tenemos el gusto de presentarles, es la eclosión, no el origen, de este personaje, pues la primera aparición del detective Nery en los libros de Yáñez se encuentra en su opera prima, la novela Elogio a la oscuridad (2020). En aquella historia, ambientada en una residencia de escritores ubicada en el valle de Apan, Nery es un personaje secundario. El detective de homicidios del Estado de México es, por lo tanto, una escisión o spin off, que desemboca en este nuevo libro.
Un mérito común entre los autores de ficción criminal que recién mencioné es que sus personajes son fieles a su contexto local y temporal. ¿Cómo es, entonces, Marcelo Nery? Tiene poco más de cuarenta años, tez morena y el pelo aún negro. Su complexión es delgada y más bien fibrosa. Sus manos son fuertes y sus dedos largos. Su desaliño y su permanente desvelo son señales de que lleva mucho tiempo huyendo de sí mismo. Usa unos jeans deslavados, una camisa cazadora a cuadros y una chamarra de piel negra, ya gastada. Acostumbra fumar y es seco y certero al hablar, uno de los rasgos que encarnan su raciocinio clínico, su sangre fría y su resignada soledad.
La vida y el oficio del detective Nery se desenvuelven entre dos lindes: en la dimensión administrativa, es un policía del estado de México cuyos casos lo conducen a la ciudad capital. En el plano geográfico, se mueve entre la zona metropolitana del valle de México y los alrededores, aún rurales, de los llanos de Apan, ya que vive en un fraccionamiento de Ciudad Sahagún, en el estado de Hidalgo. Un tercer aspecto es que no cuenta con un auto oficial, trabaja conduciendo el suyo. Lo asiste un subalterno, el suboficial Demetrio Rivera.
Estación del crimen es una trilogía de novelas cortas para igual número de casos de este detective: “El robo del zafiro”, “La pista reina” y “Callejón del 57”. Aunque cada caso es independiente, el orden en que se leen es igual a su sucesión en el tiempo. “El robo del zafiro” nos presenta de lleno al detective Marcelo Nery: su apariencia, su personalidad, su estilo de investigación y algunos de sus dramas personales. Esta primera historia funciona prácticamente como su presentación en sociedad.
Sin embargo, al leer “La pista reina” nos enteramos que, tanto Nery como las víctimas de esa historia, se conocían de antes. Aquí es donde esta novela corta se engarza con referencias explícitas a una historia previa, narrada en Elogio a la oscuridad, primera novela de Mauricio Yáñez. También existe una pequeña referencia a “El robo del zafiro”, primero de tres casos de Estación del crimen. El mismo tipo de encadenamiento ocurre en “Callejón del 57”: en esta tercera novela corta hay una referencia de paso al desenlace de “La pista reina”, su predecesora.
Un guiño adicional es que, tanto en “El robo del zafiro” como en “Callejón del 57”, se menciona un caso más: el de Bryan Ochoa, un violador y asesino serial conocido como “el monstruo de Tultepec”. Si Yáñez no ha escrito todavía esa historia, tendría que hacerlo, porque es doblemente importante en la biografía de su detective: por una parte, nos dice que la solución de ese caso le ganó el respeto, admiración y gratitud del gobernador del Estado de México: “Gracias a la vehemencia que puso el policía en ese caso, los bonos del gobernante no se habían ido a pique en aquella zona del Estado” (p. 85). Pero por la otra, su dedicación plena a resolverlo coincidió (¿o propició?) la infidelidad de su entonces esposa, la forense Cándida del Moral.
Ahora bien, Yáñez no sólo nos presenta a un detective solvente, que se anticipa a sus evasivos contrincantes y que lee entre líneas, con malicia, imaginación y osadía. Mientras se reserva para el final una fracción de los datos y de los mecanismos de deducción de su personaje, hasta que todo cuadra, el autor nos va dejando ver las sacudidas emocionales que su detective sufre cuando se identifica con las circunstancias de sus víctimas.
Ya sea subrayando el vacío emocional de su presente o desenterrando las heridas de su niñez, estos atisbos son una forma cruel, involuntariamente sádica, con la que la realidad de su trabajo se desquita con Nery, como cobrándole factura por hacer bien su trabajo. Como lectores, admiramos la pericia del detective y nos condolemos por sus tragedias íntimas.
En esta trilogía de ficciones, ningún caso es estático. Los casos urdidos por Yáñez no son un rompecabezas abandonados que alguien declinó resolver, sino un proceso en marcha. Los hechos se comportan como un animal de presa, sigiloso, impredecible y peligroso, que sorprende y desconcierta tanto a víctimas como a victimarios y, por supuesto, al detective que se empeña en resolverlos.
En Estación del crimen, las historias transcurren en un tiempo que se parece al actual, con personajes ficticios, pero posibles. En un caso, la víctima es una mujer asesinada en un hotel. En otro, son dos escritores, uno es asesinado tras asistir a la presentación de un libro en la Feria Internacional del Libro del Zócalo y el otro es sospechoso de haber asesinado al primero, por la coincidencia de ser el autor del libro encontrado junto al cadáver: una novela negra que se titula “La pista reina”. Por último, un político mexiquense es acribillado al salir de un exclusivo restorán. Como daño colateral de la ráfaga que lo mató mueren también un joyero y una actriz, ambos españoles.
Los casos comienzan en el centro histórico de la ciudad de México y se extienden hacia su periferia, hidalguense (la altiplanicie pulquera y su zona industrial, venida a menos) y mexiquense (la zona minera de El Oro). En el proceso las historias deambulan por la colonia Pensil, el bosque de Chapultepec, Popotla o el panteón francés.
Cada nuevo enigma de esta trilogía es ligeramente más ambicioso que el anterior. Estructuralmente, las tres novelas cortas no son muy distintas: “El robo del zafiro” tiene cuatro partes y “La pista reina” y “Callejón del 57” tienen cinco. Pero en lo personal, la que más me entusiasma es “Callejón del 57”, la tercera. Probablemente porque su trama es la más compleja de todas, y porque articula dos mundos opuestos: las formas del poder, económico pero sobre todo, político, y las formas del mundo callejero, entre jóvenes sicarios, tanto capitalinos como provincianos.
En el primero de esos mundos, hay personajes que ocultan su rostro o sobre quienes su nombre no se enuncia. Por ejemplo, el ex jefe de Nery es nombrado simplemente como “el licenciado”. En el segundo, los personajes son carne de cañón a la vista de cualquiera, por lo que se comunican en clave:
En el baile del que me hablaste hubo una música muy fuerte, nos consta. Los músicos tocaron una cumbia que no gustó a todos. Algunos de los bailarines salieron con las patas chuecas.La ficción nos hace digerible el horror cotidiano. En un mar de incertidumbre, angustia y dados cargados, la literatura nos ofrece historias en las que los casos se resuelven, a pesar de todo, en las que al menos un detective hace su trabajo con voluntad quijotesca y pericia profesional, y donde nos podemos asomar a la sordidez que existe apenas a unos pasos de nuestro sillón mullido y nuestra mesita del café, sin correr peligro alguno.
En “La pista reina”, Mauricio Yáñez, el autor, hace un curioso guiño a quienes, como él y como todos los que nos empeñamos en escribir literatura, nos preguntamos más de una vez. El detective Nery le pregunta al cuentista Leonardo Acevedo si su colega Alonso Zúñiga, el autor asesinado, tenía madera, “es decir, si era buen escritor”. La pregunta produce una risotada, seguida de la siguiente respuesta:
¿Quién está autorizado para decir quién sí y quién no es un buen escritor? No lo sé […] en este oficio, los buenos resultados se deben al trabajo intenso, algo así como noventa por ciento de aporrear el teclado, y sólo un diez por ciento de inspiración, de magia. ¿Alonso tenía esa magia? No lo sé. Estimo que serán los lectores quienes podrían darle una mejor opinión en ese sentido…¿Existen detectives como Nery? A juzgar por la mayoría de los casos dolorosos que nos abruman a través de los medios, se podría afirmar que no. Pero recientemente supe de un detective de la vida real, que se parece bastante a lo que podría ser un Marcelo Nery retirado: Clemente Padilla, quien investigó la desaparición del neurofisiólogo Jacobo Grinberg. Otros, como el comandante Federico Benítez, de Tijuana, quien investigó el magnicidio de Luis Donaldo Colosio y que han sido igualmente sagaces aunque más idealistas y, por lo tanto, ingenuos, han terminado muertos.
Nery es lo suficientemente ficticio para engancharnos con la trama retorcida de sus casos y hacernos creer en los finales, si no felices, al menos justos. Pero también es lo suficientemente realista para que justifiquemos su parquedad, de palabra y de actos, y para que nos compadezcamos por la resignación con la que se traga los desengaños. A fin de cuentas, no cabe esperar menos de personajes que se entregan a profesiones extremas sobre el envés descompuesto de la vida: enterradores, forenses, embalsamadores o detectives de novela negra, como Nery, Marcelo Nery Rangel.〜
Texto leído el 9 de octubre de 2026, en la Librería Bonilla (CDMX), para presentar Yáñez, M. (2025). Estación del crimen. La tinta del silencio.

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