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Cómo y por qué comencé a escribir poesía


De niño estudié música y recuerdo muy bien que en ese entonces estaba convencido de que nunca querría ser músico. Sin embargo, años más tarde lo intenté. Del mismo modo, desde niño amé la lectura pero nunca consideré ser escritor, mucho menos poeta. 

    Debido a los cursos de literatura de nivel secundaria, mi idea de la poesía era bidimensional. Por un lado, estaba la poesía del siglo de oro, con formas de expresión muy alejadas de mi nivel cultural y temas poco relacionados con mi realidad. Por el otro, estaba la poesía “moderna” (finales del XIX y principios del XX) casi siempre de tema amoroso y cuyo tratamiento rayaba a mi juicio, en lo cursi. Nada por lo tanto que pudiese capturar mi interés de joven lector. 

    Mi concepto de la poesía cambió gracias a una afortunada casualidad. Entre los libros de mi padre encontré uno pequeñito, Versos y oraciones de caminante, de León Felipe que incluía adicionalmente el poema “Drop a Star”. El libro había sido impreso en México por la Colección Málaga, en 1967, con 3000 ejemplares numerados al cuidado de Gustavo Sainz. En León Felipe descubrí que la poesía era otra forma de usar el lenguaje para hacer sentir, que podía abordar temas trascendentales de la experiencia humana creando poderosas alegorías con palabras ordinarias, encadenadas a un ritmo, como si fuese un canto. 

    Hoy conozco los recursos que causaron esa favorable impresión, pero en ese entonces no sabía nada de ritmo, metáfora, verso libre, arte mayor y menos, rima y asonancia. La poesía de León Felipe no hablaba de poemas a la amada, sino de un hombre solitario y errante que no encuentra su lugar ni el sentido de su vida. 

    Sin percatarme, comencé a acumular escritos en los que buscaba imitar el “sonsonete” de León Felipe, una narración y ambientación asonantada de situaciones que motivaban en mi alguna sensación. Podía ser una calle que poco a poco se quedaba desierta o la muerte abrupta de un joven conocido mío, y por supuesto, también el desamor. Los escritos se sucedieron sin que conscientemente yo pensara hacer poesía. 

    Entonces descubrí a a Sabines. En Sabines encontré poemas amorosos, pero sobre todo metáforas e imágenes a partir de vivencias cotidianas. Y entonces comparé esos poemas con mis escritos y éstos me parecieron pobes, muy pobres, descubriendo así que había muchos recursos que yo desconocía. De modo que ahora sí, de manera deliberada, comencé dos tareas. Leer más poetas para descubrir nuevos recursos, nuevas formas, nuevos temas y comenzar a utilizar imitando en mis escritos esos instrumentos sobre mis propias inquietudes, temas, sensaciones. 

    En esa búsqueda encontré a García Lorca, Villaurrutia, López Velarde, Huidobro, Paz, T.S. Eliot, Baudelaire, Borges, Bob Dylan, Neruda y muchos, muchos más. Descubrí por ejemplo al García Lorca de Poeta en Nueva York que a pesar de resultarme incomprensible me fascinaba con el poder de sus imágenes, mientras que otros, como Ezra Pound, me resultaban fríos e indiferentes a pesar de su complejidad. Descubrí también que hay poetas que con todo y su prestigio son monotemáticos, monoestilísticos, y otros, más bien escasos, que desbordan un abanico de posibilidades formales y temáticas. Poetas de un solo poema o de algunos cuantos versos y poetas de una obra entera. 

    Luego de tres años de seguir este proceso de lectura e imitación por cuenta propia y de manera aislada, a través de una revista (La pluma del ganso) de autores amateurs en su mayoría, fui conducido a un taller de poesía (el Taller de Cartago), que más que un taller literario típico, con un tutor y sus aprendices, era más bien un grupo de poetas que se reunían para comentar los textos de los demás en función del respeto por el estilo y la temática de cada uno de sus integrantes. 

    En Cartago los juicios se emitían en calidad de sugerencia, con la mayor fundamentación posible, en función del propósito del autor, tanto de fondo como de forma. En este terreno fértil, cuyas formidables reglas no he visto hasta ahora en otros talleres, mi trabajo fructificó. Fructificó porque escribí más que nunca antes, porque exploré muchos caminos, porque cobré conciencia de recursos que conocía sólo de manera empírica, porque acepté retos en la implementación de dichos recursos y porque encontré una vasta biblioteca de poesía y en general de literatura y otros temas humanísticos gracias a la suma de conocimientos de lectores maduros (fui por mucho tiempo el único miembro joven del grupo). 

    El trabajo de esos años ha fructificado hasta el momento en tres poemarios: Apuntes del Subsuelo (Fundación Pascual, 2002), Como el viento y el árbol (Tintanueva, 2002) y En la pureza del azul (Urdimbre, 2005). Cada uno de ellos sigue patrones de, lo que a mi juicio, es esencial en los poetas que admiro: 

i. Una selección rigurosa. 
ii. Unidad (temática o de tono/estilo). 
iii. Ritmo (gracias a él la poesía es canto) 
iv. Sonoridad (gracias a ella la poesía es música) 
v. Imágenes que el lector pueda sentir, aunque no le sea posible descifrar su origen. 
vi. Economía (una metáfora insólita no debe ser críptica para ser efectiva). 

Hay demasiados poetas como para que sea posible conocerlos a todos, considerando incluso que los que merecen ser conocidos son proporcionalmente muy pocos. A pesar de los supuestos méritos de algunos (libros publicados, premios obtenidos, etc.) en general todos somos desconocidos hasta para nosotros mismos, salvo en el caso de los amigos más cercanos con los que se crean pequeñas comunidades. 

    La poesía se lee pero no se vende. Ningún poeta cubre sus necesidades materiales del usufructo de sus poemas, en ocasiones ni siquiera sus necesidades ególatras (ser conocido, respetado en la literatura a la que pertenece al mismo tiempo que leído). Es por ello que no encuentro otra razón para escribir poesía que el transmitir una emoción en quien la lee o la escucha, incluido el propio autor. 

    Para mí, esto último es el verdadero sentido de lo que dijo Pellicer (a quien casi todos lo conocen pero en realidad, ninguno ha leído bien) acerca de que “la poesía no da para vivir, pero ayuda a vivir,” afirmación válida tanto para quienes escriben poesía como para quienes la leen./


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