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Nombrar el duelo. Sobre "Un país de porcelana" (2026), de Gloria García.

 

Dedicado a quienes, como Gloria Leticia
García Sosa, 
viven con fibromialgia


Hay libros que se escriben, no porque su autora lo quiera, sino porque lo necesita. Un país de porcelana, de Gloria García, es uno de esos libros. El poemario que esta tarde me honra presentarles reúne los rescoldos de un duelo. Sólo que, si piensan que esta elegía se escribió sobre la muerte natural se habrán equivocado. Y si intentan, como yo, rectificar la primera idea que les vino a la mente y nombrarla, se enfrentarán al hecho de que hay duelos que no nos atrevemos a nombrar. 

El que siente una madre por la muerte de su hija, por ejemplo, es uno de ellos. Otro más es el duelo que no implica una muerte biológica. Y se suele decir que el orden natural de las cosas es que los hijos entierren a sus padres y que los nietos a sus abuelos. Pero es una idea falaz, que esgrimimos como un conjuro para matizar los hechos y ahuyentar nuestros peores temores. 

Porque lo cierto es que tan natural es morirse como una flor que se marchita progresivamente hasta su vejez, como natural es morirse por una enfermedad, o recurrente es morirse por asesinato, por eutanasia o por suicidio. Nos topamos con esa realidad directa e indirectamente: en las noticias, en la escuela y en el trabajo, en el vecindario y en la familia. 

Así lo expone Gloria García en uno de los 25 poemas de su libro, el poema sin título de la página 26: 


envejecimiento muerte
enfermedad morir
suicidio          matarse
eutanasia         autorizar que te maten
asesinato te mataron 


Faltaría el azar, es decir, cuando la muerte nos encuentra por casualidad. Pero ya está incluida la muerte por enfermedad, la muerte que se hereda junto con la vida, es decir, por la vía genética, paterna y no materna, como dice Gloria para matizar su dolor: 


Leticia heredó las enfermedades de su padre. 

(“*”, p. 24)


Nadie hereda su vida con la intención de legar una sentencia de muerte que lo carcoma a uno por dentro. Pero a veces es así. Y aunque no sea nuestra culpa, aunque no sea consecuencia de una acción o una indolencia que hayamos podido evitar, esa muerte existe y se apersona en la vida ensombreciéndola, instalándose en nuestra casa y nuestro cuerpo, en nuestro presente y nuestro recuerdo, en nuestra vigilia y nuestro descanso, trocando lo que es por lo que ya no es. 

Es el caso de la ventana de la cocina, la que estaba abierta al patio cuando la niña jugaba en él y que ahora está cerrada: 


llora cuando estoy cerca del cristal. 
El patio extraña 
la ventana abierta. 

(“Hábitos”, p. 16)


También lo vive el cuerpo: 


ya no puedo deambular por los pasillos tan vacía, así que tomé la imagen de tu buró y la colgué en mi tórax.

(“Atemporal”, p. 10)


La poeta resiente la ausencia que lacera su presente: 


Demasiado pan en la mesa, lo digo en el silencio de la tarde. 

(“Atemporal”, p. 10)


Los poemas de este libro nos muestran de manera fragmentaria e íntima quién fue Leticia. Su vida se nos presenta como trozos de una jarra de porcelana que cayó al suelo, reunidos e integrados en un caleidoscopio. En los versos de Gloria García los lectores percibimos a Leticia de manera indirecta, pero certera: atisbamos a la niña que fue, maravillada por leer su cuaderno bajo la luz de una luciérnaga, y a través de la muñeca de lata que gira en una cajita de cuerda. 


García G. (2026). Un país de porcelana. Tintanueva Ediciones.

Evocamos a la joven que escuchaba una balada ochentera (Defecto, p. 7) y que se sometía a “Dolores innecesarios” (p. 13): los de las pestañas falsas o del ejercicio con mancuernas kettlebell, las mismas que ahora usa Gloria para evocarla, aunque le arranquen las uñas postizas. 

No vemos mucho más de esa joven antes de su enfermedad, porque ese acontecimiento sometió la luz con su agonía: 


Camina el día sobre la frustrada noche 
hablo con Leticia que se pierde 
en el tango de la náusea. 

De “¿De qué habla la noche?”, p. 5.


La enfermedad pobló el recuerdo de esta joven con imágenes atroces: la del sombrero que Leticia usaba para demorar la caída del pelo (*, p. 21), la renuncia a usar zapatos porque “sus pies inmóviles / saben que el mismo peso / duele” (“¿De qué habla la noche?”, p. 5), la de sus ojeras y la de su vestido, colgado sin planchar, la del correr de sus lágrimas en el valle de su escote o la de un atisbo de sonrisa tras perder los dientes (“Acontecimiento”, p. 8). 

A pesar de tantas sombras, la poeta nos obsequia la esencia de Leticia en un bellísimo poema: “Leticia en un haiku”. Lo escribe así: 


El monte cuenta 
historias de pájaros
que abrieron jaulas. 


Esa esencia es el sueño de la libertad. 

Y aunque percibimos poco de Leticia y mucho del lacerante duelo de quien hoy la añora, es evidente que lo segundo explica lo primero. 

El pavoroso aullido de las sirenas atormenta los oídos y el corazón de Gloria. A su alrededor, unos las escuchan atentos, y otros, afligidos y en rezo, mientras que “la muerte se pone sombrero” (Caravana, p. 6). “En la cadencia de la noche”, retumban fantasmas en el techo que luego se arrastran por su espalda (“Vigilia, p. 9). 

El momento más temido llega con un grito que nadie escucha, mientras afuera todos lloran. El consuelo llega desde la propia raíz: 


Una voz conocida 
pronuncia mi nombre:
es mi madre quien lo dice. 

“Una extraña vista”, p. 23.


Del velorio quedan estas cenizas: pájaros opacos en las pupilas, música suave en la capilla, un cuerpo eviscerado, claveles en las manos. (“Un vals fúnebre”, p. 15). Del entierro, la flor que depositaron a los pies de Leticia y que Gloria plantó en el patio. Quizá un “huele de noche”, porque : “por las noches / sale de paseo” (*, p. 18). 

El sentido del tiempo ha cambiado: en “La edad de las edades” (p. 11), la poeta afirma que el vapor envuelve sus años, que ya se miden menos con el calendario y más, como decía León Felipe, el poeta español que se exilió aquí tras la guerra civil en su país, se miden con las lágrimas: “Casi cincuenta”, por si alguien quiere contarlas como si fueran años. 

Luego de ver una noche a la muerte en el espejo, después en los pasillos, el sentido de lo físico cambió también: 


me arrancó los ojos 
ocupó mi silla
 
Ahora habito 
en un país de porcelana. 

(“*”, p. 20)


Pero a pesar de esta alienación y del dolor, la poeta no los esquiva: 


Ahora recuerdo 
porque olvido. 

(“Dibujo nocturno”, p. 14)


Y nuestra circunstancia pareciera condolerse con Gloria García, porque físicamente estamos hoy en la casa “Refugio de la Memoria”. 

El poema que cierra este libro sintetiza esta historia en cuatro estrofas contundentes. Se los leeré a continuación: 


Soy una muñeca de porcelana 
giro en el cuarto 
de una madre primeriza 

Soy una muñeca de porcelana 
giro cuando suena la caja musical 
una niña me observa 

Soy una muñeca de porcelana 
giro varias veces 
una joven llora 

Soy una muñeca 

dentro de una caja. 


Un país de porcelana nos conmueve. Y nosotros nos condolemos con Gloria García, poeta del dolor y la memoria de Leticia. Porque las pérdidas son parte de la vida, y quienes estamos vivos, sabemos y sabremos a lo que llega el duelo, no una, muchas veces. Conocemos y conoceremos el idioma del dolor. Un dolor que no sabremos pronunciar, hasta que poetas como Gloria le pongan las palabras justas y que, al leerlo nosotros en sus poemas, su dolor se conduela con el nuestro. 

A la poeta Gloria le entrego estas palabras de Juan Gelman, poeta argentino exiliado en esta ciudad, que perdió a sus hijos por obra de la dictadura en su país: 


La muerte me enseñó que no se muere de amor. Se vive de amor. 


Así pues, deseo que Gloria viva, con la memoria viva de su amada Leticia, compartida hoy entre nosotros.  


*Texto de César Guerrero Arellano, leído durante la entrega del Premio Nacional de Poesía "Alicia Acosta" para primera obra publicada, de Tintanueva Ediciones. 12 de mayo de 2026, Casa Refugio de la Memoria, Ciudad de México.







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